Blanco de las críticas

En Sudáfrica se juega la Copa Confederaciones, esa competición en la que los campeones de los diferentes continentes y sub-continentes se enfrentan para determinar, digamos, la supremacía de una selección sobre las demás y alegrar o esperanzar a la gente detrás de un espíritu colectivo cargado de buenas intenciones y llevado a cabo con ganas, prejuicio, chauvinismo barato, recuerdos agridulces, poesía de salón y alegría. Sudáfrica, el país que interviene por ser el anfitrión, jugó ya tres partidos de la fase clasificatoria y es se enfrentará a Brasil. En sus filas hay un central que destaca (además de por gran altura) por ser el único blanco en el equipo, en un deporte mayormente negro. Matthew Booth, así se llama. Cada vez que el defensa toca la pelota se escuchaban sonidos de parte de la grada interpretados por la mayoría de periodistas como un acto de menosprecio al único jugador de piel blanca, algo que se ha repetido en ediciones digitales deportivas y en varios blogs de deportes. Como siempre, aparecen aquellos que expresan el razonamiento siguiente: si eso sucediera en Europa, el castigo hubiera sido ejemplar, se castiga más el racismo de los blancos y el de los negros se deja pasar, y sandeces por el estilo. Aquellos que atacando al racismo tiran sus dardos más envenenados para con los africanos negros.

Parece que no todo está perdido en el mundo del periodismo, porque algunos reporteros occidentales se tomaron las molestias de informar que se incurría en un error grosero (acaso también alertados por colegas que conocen la situación de Sudáfrica mejor que ellos), ya que el mentado futbolista es ídolo para la afición. Una afición que lo idolatra no solo por su entrega, sino porque es un ejemplo de integración al jugar un deporte que no es tradicionalmente jugado por sudafricanos blancos . Se ha mencionado que es un reconocimiento a un sudafricano del "otro" lado, de aquella minoría otrora explotadora de la gran mayoría negra. Una afición futbolera que sienta ejemplo, unas personas que demuestran al mundo mucha más clase que la que se les atribuye a primera vista. Y además, un gesto que deja en paños menores, por no decir en bolas, a periodistas y opinólogos que hacen cierto el dicho que sentencia (no soy de usar frases, que esto no sirva de precedente): "Cree el ladrón que todos son de su misma condición". Creo que nada lo resume mejor Sólo un despreciable ve gestos despreciables en los demás. Me incluyo, a pesar de tener un corazón de negro y de ser un anti racista declarado, yo me lo creí. Tuve que ir al entretiempo a buscar información en internet para sentirme aliviado y avergonzado. Pero al menos recifiqué. Luego me dediqué como buen arrogante que soy, y cargado de una responsabilidad encendida por la ignorancia anterior, a escribir comentarios y mandar mails a períodicos y publicaciones deportivas para demostrarles el error en el que se incurría. Con el tiempo, no digo que por mí (no tengo tanto poder como quisiera, sino pobres oligopolios mundiales), los suplementos deportivos y los periódicos rectificaron su postura.

Me interesaba también conocer las opiniones de esos escritores que atentan contra la ortografía y que se refugian en el anonimato para sacar lo que tienen dentro: los comentaristas de los foros de las publicaciones deportivas virtuales. Diría que una mayoría entendió e hizo mea culpa, y un sector nada despreciable no creía, así de sencillo. Bueno, no voy a pedir que esta gente razone. Tampoco diré que sean un dato fiable los comentarios en ediciones digitales deportivas o informativas para medir el termómetro de la opinión general, simplemente son los datos que hay. Porque del lado de la televisión que retransmite el evento deportivo siempre prima la corrección política, pero el animal fascista que muchos llevan dentro y al que es tan propicio un juego de calada popular como el fútbol, se expresa siempre mediante el aficionado de a pie, por lo general el más ultra, el más fanático, el más estúpido. Parece que algunos hubiesen sentido alivio de saber que ellos también pueden ser despreciables como nosotros, que la culpa se digiere más fácil cuando es compartida. Sin duda que puede haber en Sudáfrica un resentimiento de la gente negra hacia los blancos, pero no olvidemos que este es la manifestación latente de años, cientos de años de sometimiento, violencia física y simbólica, de años de abolición como seres humanos. No lo justifico (un poco sí, no lo niego), pero reconozcamos que tienen bases mucho más sólidas que la supremacia blanca, arbitraria justificación de un sometimiento de hecho. Las razas, eso es algo que ningún antropólogo serio discute, no existen. Y no debería utilizarse esa distinción que no es útil a ningún interés explicativo. Los colores no determinan nada. Los contextos sociales y culturales si, no me cansaré de repetirlo porque no me canso de ver ignorantes saliendo de abajo de las piedras repatiendo sus sentencias como verdades inescrutables. Cuando ven que sus verdades son frágiles insultan, o pegan o matan. Esos son los mensajeros de la supremacía blanca. Por eso justifican el carácter, la patria, las ideas mesiánicas y religiosas, el sentido de estos conceptos cargados de pasión adquiere perfecta armonía con la irracionalidad. El mundo nos ofrece nuevos fundamentalistas, talibanes caucásicos.

Quedamos con el culo al aire al apurarnos a decir que esos gritos eran racismo cuando eran reconocimiento. Las diferencias sociales y culturales de estos deportes han sido desarrolladas por especialistas, quienes explican que desde la escuela se comienzan a forjar los intereses de los niños. En las escuelas de blancos el deporte es el rugby y el cricket, en la de los negros, el fútbol. A él le tocó una escuela de negros y se dedicó al fútbol, como uno más. Nosotros, mientras tanto, en el faro del mundo seguimos siendo unos etnocéntricos bastante pedantes a pesar de nuestra evidente ignorancia. Como cuando la gente se asombró por el fútbol desplegado por Egipto, campeona de África desde hace dos torneos. No conocemos el mundo y después nos asombramos que los de la periferia sean tan buenos en lo nuestro como nosotros. A la mierda, como decía el inolvidable Fernando Fernán Gómez. Como cuando vivía en Uruguay, y una alemana bien intencionada (habia ido a hacer voluntarismo en un barrio muy carenciado de Montevideo) se sorprendió que tuviéramos universidades. Y lo hizo de una forma muy educada y honesta, doy fe. Pero en el fondo me dió un poco de lástima y mucha risa. Porque la ignorancia cuando es muy burda en el fondo me da risa, no puedo evitarlo, lo siento. Veo a un grupo de 5.000 personas gritando contra el color de piel de un jugador de fútbol y los imagino como 5.000 payasos narizotas blancas con el ceño fruncido, mientras me agarro la mandíbula para que no se escape una sonora carcajada. Porque no es políticamente correcto reírse de los racistas. Pero es que son infelices muy graciosos.

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El regreso de Conan el Bárbaro

Hoy ya hace un mes de silencio. El semanario en el que publicaba las columnas cerró y aproveché ese tiempo para el desarrollo de otro proyectos escritoriles. A partir de la semana que viene retomaré este blog escribiendo artículos más breves pero con las mismas ganas de sacarle la lengua a los caballeros de la mesa cuadrada, y acto seguido realizar un acto escandaloso: demostrarles que un sudamericano ilegal puede pensar. Además soy muy cool porque escucho a Claude Debussy. O sea. Continúo sin papeles porque no tengo la valentía suficiente como para arrancarme un brazo, y manipulando la culpa del gobierno de turno, obligar a que se me entregue un permiso de residencia. Así de rastreros somos los sudacas, pero este escriba cobarde no llega a tanto. Heme aquí, escuchando un trabajo para piano delicioso. Qué sarcástico se me ha puesto el señorito de pronto, mirusté.


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Un cerdo en un avión rojo recorre el Adriático

Mirando mi infancia con retrospectiva, existen una pocas cosas que me habría gustado hacer y conocer, cosas de las que sin embargo no me arrepiento, ya que su carencia me alimenta en el hoy ayudando a definirme. Un beso a tiempo a la chica que me gustaba, menos compasión por mí mismo, y haber conocido las películas de Hayao Miyazaki. Cuestiones como esas son las que hubiesen hecho mi infancia más rica, y que alimentan al niño que todavía sobrevive en estos días duros llenos de balas blandas. De las dos primeras he aprendido y tampoco admiten demasiado misterio, pero la tercera es una tarea que trato de revivir aquí y ahora. “Niño, no crezcas” como canta Arcade Fire en su tema “Wake Up” (despierta). Reivindico la contemplación, la delicadeza, los valores nobles alzados por un creador de películas de dibujos animados que disfrutan los niños y los mayores, los que si se encuentran con la guardia baja se esforzarán por no mostrar emoción.

Reivindico el aplastamiento del miedo, del miedo al qué dirán porque uno dice que le gusta un director de cine japonés de dibujos animados, reivindico la absolución del adjetivo “nerd” o “geek” (colgado) para designar a alguien que decide no matar lo poco vivo que aún persiste, aunque para el resto de sueños del paraíso perdido de la infancia el tiempo haya llegado como una resolución innegociable. Son las películas que miraré con mi hermana, cuando vuelva a Uruguay, son las películas que recomendaré a mis primos para ellos y sus hijos, las películas que miraré con un hijo o hija si decido generar esa experiencia con alguna masoquista. Y me emocionaré con ellos, y seré consciente de que no podré jamás disfrutarlas como ellos, y seré feliz de una manera rara, sabiendo que guardan un mundo secreto que algún día matarán para crecer. Luego mirarán para atrás y se encontrarán llorando en una situación fuera del sentido común y sabrán que no están muertos del todo.

Todas las películas de Miyazaki te recomiendo. Las más “infantiles” como “Mi vecino Totoro” y “Nicky aprendiz de bruja”, intimistas, sencillas, llenas de descubrimiento, contemplación, sorpresa e ingenuidad. Las más “serias” como “La princesa Mononoke” y “Porco Rosso”, de la que me ocuparé en la columna y que posee una escena que ha motivado esta escritura. Porco es un hombre convertido en cerdo por una maldición que no está muy clara, aunque se intuye que el de alguna manera él contribuyó a esa metamorfosis aislándose de ese mundo lleno de dolor, violencia, odio, atrapado por fantasmas del pasado. Es un aviador cazarrecompensas que vive en la época de entreguerras, nihilista, bohemio, cínico. Acosado por los piratas del aire (a quienes tiene a mal traer y gracias a quienes obtiene recompensas para vivir), y también por el ejército italiano que no le perdona su deserción. El responderá a este respecto “prefiero ser un cerdo a ser un fascista”. Y le responden “a pesar de que vuele, un cerdo siempre será un cerdo”. De estos pequeños detalles está hecha la película más personal, lírica y autobiográfica del maestro nipón, algo mucho más intenso que toda la colección de películas de Disney y Pixar juntas. A propósito, en Japón es muy popular, dato interesante teniendo en cuenta de su ecologismo, pacifismo y feminismo declarado.

Hay duelo de aviones, hay acción y mujeres activas e inteligentes propias de Miyazaki, hay mucho más que dibujos animados y también hay un amor inmenso por lo que se hace, se nota en cada aspecto de la paleta decorativa. Hay un gusto por el detalle de una exquisitez apabullante. La escena: Porco llega como tantas noches, a cenar al restaurante de Gina, dueña y cantante del Restaurant Adriano, amiga desde la infancia, confidente, amor platónico secretamente correspondido. Allí se reúnen los piratas que cerca del restaurante no pelean jamás (el matiz de no existir malos malos ni buenos buenos, eso se llama riqueza don Walt). Allí espera un futuro y peligroso enemigo americano. Allí está Gina, su amiga, cantando una canción de amor y de utopía a partes iguales. Gina canta “Les temps de cerises”, la canción que escribió el francés Jean Baptiste Clément en 1866 y musicalizó Antoine Renard en 1867, y luego cuando sucedió la fugaz e idealista Comuna de París se convirtió en el himno de aquellos que soñaban con tiempos mejores, con amores mejores. El tiempo de las cerezas dura poco, pero deja una huella en el corazón que siempre añoraremos, como la Comuna, como la Gina de cada uno (o el Gino), como los deseos que todavía no han sido o van siendo parcialmente. Una escena escandalosa para la sensibilidad, uno de los momentos de más frágil sentimentalismo dentro de la cinematografía que he podido apreciar. Mirá películas de Miyazaki y dejáte de buscar ese film aburrido que vas a ver porque al menos salís de tu agujero, dale.

Te recomiendo que busques la letra y la canción (hay muchas versiones), que lo hagas como cuando buscaste un tema que te flasheó en la radio, como cuando viste esa chica que deseás volver a ver en la esquina del Pereira Rosell, como esa tierra mejor que nos está prometida por nosotros mismos. Yo voy a cantar con vos esa canción, y quién sabe, tal vez seamos más dignos de este mundo que se cae a trozos, tal vez podamos acariciar la magia como ese cerdo cazarracompensas que vuela el Adriático asqueado de lo humano, pero en lo más hondo, deseando un nuevo tiempo de las cerezas en el que pueda redimirse.

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Columna para Tiempos del Sur

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Voy a elegir a letra O

Mi nacionalismo se ahogó en el Mediterráneo. Lo que quedaba de él se ahogó por propia voluntad en la paz turquesa del Marenostrum. En algún momento en que lo uruguayo era desprestigiado, alcé esa bandera para postular mi decisión de que nos respetáramos a nosotros mismos. Luego, el tiempo y un escepticismo que juzgo no inmaduro, me hicieron renegar de los fantasmas que asolan nuestras vidas cual opio del pueblo. Patria, Religión, Raza. Qué son esos conceptos sino juegos mentales elaborados para manipular. Haciendo uso del pragmatismo que no debe faltar en el bolsillo del caballero o en la cartera de la dama, ni siquiera en el bolsillo interior del travesti, consideré que es comprensible que uno defienda lo que pertenece a su ámbito administrativo, por una lógica de gobernabilidad, de coherencia y de controlar la globalización descontrolada que nos rodea. Pero fuera de las cuestiones burocráticas al interior del país, no comparto, soporto ni entiendo el chauvinismo. Padre de todas las guerras importantes, madre de todos los odios más irracionales, el nacionalismo es un cáncer que hemos sido incapaces de curar.

No odio a los porteños, no desprecio por lo bajo a los bolivianos, no menosprecio a los paraguayos, ni considero a los chilenos unos mal paridos. No creo que los españoles sean unos brutos. No creo que los alemanes sean unos cuadrados, los ingleses unos pedantes, los franceses unos estirados. Escucho música en inglés y aprendí ese idioma hace muchos años (gracias mamá). Una vez un compañero de la facultad me dijo que lo único que sabía en inglés era “Yankees Go Home”, y le indiqué que era el esperanto que teníamos más a mano. Me miró con una cara como diciendo “pobre canario inocente”. Y lo es, incluso para decirle a los norteamericanos que se queden en sus casas, pero con discursos e ideas más elaborados que una simple frase. De hecho, el inglés es el esperanto actual con sus defectos y virtudes, con el cual los manifestantes antiglobalización del mundo se comunican por mail para ir a gritarle cuatro cosas a los integrantes del G-8. Los brasileros aprenden español y los uruguayos, que si hiciéramos caso a Methol Ferré en “El Uruguay como problema” podríamos ser el nexo entre los grandes Argentina y Brasil, sólo conocemos el portugués en las zonas fronterizas. No saben lo que se pierden, desde Legiao Urbana hasta Vinicius.

Con el nacionalismo se maneja a un pueblo, desde ambos márgenes del Río de la Plata, impidiéndoles reflexionar. Y las empresas contaminan menos si te lo dice un argentino, porque no debe tener tanta razón, al fin y al cabo es un “chanta”. Es curioso cómo la ceguera de una posición a la defensiva te impide verte como realmete puedas ser, y consciente de tus defectos y virtudes presentarte al mundo sin miedos ni fantasías de supuesta identidad o gobiernos artiguistas. Si algo tenemos los uruguayos es la posibilidad de ser universales, debería ser nuestra verdadera búsqueda cultural y la estamos diluyendo en gritos vacíos, mirando un muro y creyendo que es un bosque abierto a los sueños. Por eso mi nacionalismo, que ya venía castigado, se ahogó en el Mediterráneo. Uruguay no es mi Patria, es mi casa. Conforma una experiencia marcada por el lenguaje que llevo y el acento que mantengo, y ese es mi arraigo, una forma de entender el mundo a través de lo que viví y entendí. Un arraigo conformado a través de situaciones que, ahora a la distancia puedo verlo claro, sólo se podrían haber dado en Uruguay. Cercanía, austeridad, el universo en una caminata por las calles nocturnas con amigos y la luna. Sencillez, profundidad. Eso no lo dice el himno pero se palpa cuando te forma para siempre.

Sabía que debía salir del país para comprender esto mejor, porque Montevideo tiene un aire de pueblo grande que en un momento resulta insoportable. De Montevideo uno nunca se va, siempre escapa. Se te queda pegada en la piel, como una buena amante. Y si vuelvo a ella será con ganás de más acción, pero consciente de su fuego silencioso buscando quemarme. Probablemente sea la ciudad donde decida terminar los días. La ciudad que podría ser universal, si se animara y diera el paso del provincianismo a la verdadera posibilidad. Cuando hablo de esta posibilidad no me estoy refiriendo a la economía, ella ya está globalizada, ni a los eventos para gente bien, estoy hablando de cultura. De esa que nos vanagloriábamos los uruguayos en el pasado y hoy es una mentira contada a los extranjeros, como pueblo pacífico (cierto), democrático (¿siempre?), culto (vamos Jorgito), de brazos abiertos (¿a quien?). Desde la cultura deberíamos buscar la posibilidad de insertarnos en el mundo con la particularidad de poseer todas las particularidades, y en ese oceáno de significados, extreaer la verdadera identidad que buscamos siempre, que nunca hemos dejado de buscar.

Para los reaccionarios estas consideraciones alejan al artista del medio, eso consideran algunas autoridades políticas, pero lo dicen porque no son artistas (en sentido literal). El Cuarteto de Nos nacido de la inconciencia de cuatro uruguayos con mucha actitud, le habla al mundo. Por algo debe ser el único grupo uruguayo que fui a ver en España, dicho sea de paso. Zitarrosa le hablaba al mundo, aunque sus temas fueran bien locales, así era. Podría decirte lo mismo del Ulises de Joyce, de este lado del océano. Una confesión final. En realidad, mi nacionalismo no murió, yo lo maté.

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Columna para Tiempos del Sur

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